Blog de Molares do Val, Manuel

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Oír a la izquierda tradicional, a los nuevos populismos y a los nacionalismos gritar en el Parlamento contra la pobreza, la desigualdad, la miseria que se sufren en España se ha vuelto tan común que ya nadie se pregunta hasta dónde son verdad esas denuncias.

Como si en el país que, junto con Japón, tiene la mayor esperanza de vida del mundo, la gente muriera sin medicinas u hospitales, como si no hubiera sanidad pública universal y gratuita para los españoles, o los niños no tuvieran a las escuelas.

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Tras fracasar la investidura de Pedro Sánchez por no lograr nada más que 131 diputados porque difícilmente obtendrá mayoría simple en segunda votación, numerosos analistas políticos calculan que Felipe VI invitará de nuevo a Mariano Rajoy a presentar su candidatura antes de proponer que se convoquen nuevas elecciones.

Quizás es lo que espera también Rajoy, pero aún quedan dos posibilidades que podrían clarificar, mejorando extraordinariamente, la situación.

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Cuando Rodríguez Zapatero introdujo su “Ley de la Memoria Histórica” para recordar a las víctimas del franquismo creó un instrumento que puede convertir en verdugos a algunas víctimas anteriores a la guerra civil, igual que anula a personajes que tras ser acosados por la izquierda, justificaron luego al dictador.

La historia registra hechos con todas sus versiones y estudia las evidencias más objetivas, luego no es memoria, que se basa en los sentimientos de los narradores, quienes, según su ideología, pueden hacer del peor asesino un ángel, y viceversa.

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Que Cáritas, Oxfam y otras oenegés religiosas denuncien la desigualdad creciente y la pobreza de los españoles, cada año peor que el anterior, es un clásico para despertar espíritus cristianos y solicitar donativos.

Pero al analizar sus datos sobre la miseria que nos rodea -diez millones de niños pobres o veinte millones de ciudadanos en riesgo de exclusión social- se comprueba que son exagerados, incluso falsos.

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El Podemos de hoy recuerda al PP de hace años, cuando se conocieron algunas de sus corrupciones, pero como eran de poca importancia no se castigaron, pese a que, como señala Petrarca, el pequeño pecado es la llave del salón del desenfreno.

Si se hubieran penado aquellas pequeñas corrupciones de los populares – y en los demás partidos, especialmente el PSOE, que tiene más causas, pero menos publicitadas--, la inestabilidad que sufren hoy los españoles, de la que se aprovechan los separatistas catalanes, sería inferior y no peligraría la misma existencia del país.